viernes, 1 de noviembre de 2013

Madre, el saber de mi propia Existencia.


Madre, el saber de mi propia Existencia.   PDF Imprimir E-mail

Para los hombres, el trabajo y la producción, pero para la Mujer, el trato con Dios, es trascender en la abundancia. 


Por Antonio Moran del Cid

En memoria de:
Mi siempre Amada Madre
María Magdalena del Cid Juárez.




Sin la menor vacilación, el poder hablar de la Mujer y Madre, es como intentar crear un manantial de frescas ideas, para exponer lo que podría alcanzarse en el infinito concepto de ese ser, que nos acompaña en todo tiempo y en todo lugar. De hecho, uno empieza por tener  la vivencia de esa fase de la abundancia, cuando la primera palabra que sale de nuestros labios es Mamá, palabra que nos acompañará, hasta el final de nuestros días sobre esta maravillosa tierra, que definitivamente esta intrínsecamente ligada a la Mujer, como la fecundidad, la fertilidad, el fruto y la misericordia de Dios, al otorgarle esta misión muy especial a la Mujer, pues Madre, desde que nacen, ya que traen consigo, por naturaleza esa buena disposición de guiar a los nuevos pueblos y a las nuevas sociedades.
 


Madre, nuestro primer conectivo de amor, nuestro primer lazo de ternura y nuestra primera mirada de confianza y protección.  Ser, que sin mayores palabras, siempre sabe  lo que nos sucede y  lo que nos acontecerá, se convierten hasta en nuestra primera profecía sobre la vida misma, siendo  dadora, no solo de la vida, sino de nuestra primera libertad, para empezar a conquistar el mundo, teniendo ellas la certeza de que han preparado a sus hijos con todas las herramientas adecuadas para poder sobrevivi


Cuando yo era muy pequeño aún, tenía siempre presente esos lazos que me unían a mi Madre, aunque a veces esos lazos eran muy grandes, que me permitían cometer un sin fin de travesuras, las justas y necesarias, para poder valorar no solo el aprendizaje, sino los verdaderos cuidados de mi Madre, que poco a poco fui sabiendo que eran los de  una verdadera y digna señora; esforzada y valiente, conquistadora y dedicada al hogar, entregada en su totalidad a sus frutos.  Amable, más que amiga, Madre en cualquier momento y en toda hora.
Recuerdo que me acompañó a la escuela, el último día de mi primer año, para recibir las  notas finales, lo que para mí significaba un juego, para ella representaba mi primer triunfo, la primera prueba de que yo iba a poder defenderme en la vida.  Ella estaba muy nerviosa y yo muy conflictuado, y para alegrarla, le fui leyendo todos los rótulos habidos durante el trayecto de casi dos kilómetros, recuerdo ahora, de cuanta paciencia me tenía, finalmente llegamos a la escuela  y ella muy seria recibió el certificado que no llegaba ni a la mitad de una sencilla hoja, pero ella lo leyó y se lo llevó al corazón, poniéndome cerca de su cuello, que por mi escueta estatura, casi me levantó de la alegría, de que había logrado culminar el primer paso de mi interminable carrera de la vida, donde todos los días se aprende algo y donde muchas veces no se recibe ningún tipo de titulo o diploma, sino todo lo contrario. 

Ella me distinguió, en comprarme todo tipo de galguerías, hasta compartimos un helado y la misma alegría, el mismo viento, la misma tarde y el mismo frescor de aquel octubre, del que ya se podían empezar a oír los estruendosos cohetillos, que ya anunciaban una incipiente fiesta de fin de año.

Mis manos crecían juntamente con la cantidad de cuadernos nuevos, al igual que mi estatura y la sed de conocimiento por querer aprender rápido, al igual que conquistar otros mundos y otros espacios, pero siempre con la presencia de mi madre al lado, siempre incondicional, siempre sincera, aprendí que los éxitos venían, porque tenían que venir, pero mi Madre ya los daba por un hecho y los compartía feliz y dichosa con todas sus amigas.

Ese concurrido camino de ida, donde los medios días ya eran perezosos, pero que el ánimo no se perdía pues siempre se aprendían cosas nuevas, no nos dábamos cuenta los cientos de estudiantes, de lo sudorosos que iban nuestros rostros, pero así nos entendíamos con nuestros amigos y compañeros, que ya varios formando un grupo, si se sentía el olor a pólvora que hacía pensar que nadie se bañaba, pero al regreso después de ir más sudados por los recreos, donde todos los partidos de fútbol, siempre  se quedaban para el día siguiente, ya que salíamos todos corriendo en ese ingrato camino de vuelta, sintiendo el olor de brisa, calle y el olor de todos los hogares, donde todas las madres freían los necesarios frijoles y otras que los estaban terminando de cocer, además del café hervido, juntamente con el olor a pan recién hecho y el olor a comal repleto de tortillas, convirtiéndose en casi una locura, más que  desesperante, pues no podíamos resistir llegar a nuestras casas para la respectiva cena y comer todos en familia, como se hacía antes.

Madre, siempre dije, aún en las más graves situaciones, hasta lo dije cuando recibí de ella el primer bofetón, al día siguiente de mi primera borrachera, donde según yo, no se había dado cuenta de la hora de mi llegada, cuando ella preguntó: ¿Quién anda ahí? Yo de le respondí que era su amado hijo, ella sonriendo, me imagino, me pregunto que andaba haciendo tan temprano y yo con la sagacidad de cualquier adolescente le respondí que me había levantado para ir a correr, me puse de inmediato la ropa deportiva y salí más que corriendo, cuando los amigos de parranda me vieron  pasar al lado de ellos que iban trastrabillando, definitivamente pensaron que era cualquier tipo de fantasma, a tal punto que uno de ellos hasta balbuceó para que al fin pudiera preguntarme en que mundo andaba.  Después de mi bofetón bien ganado, nunca tocamos de nuevo el tema, pero yo se que mi digna Madre, se sonreía de esta situación, de haberme sacada sutilmente a correr la borrachera,  cada vez que se recordaba, pero nunca lo hacía frente a mí.

Mujeres  y Madres, realmente amadas y realmente benditas, siempre con uno, pero cuando no están, están en nuestros pensamientos como el elemento indicador de nuestra propia existencia.

Mi Madre, me permitió el darme el ser y la vida, cumpliendo el mandato divino, pero también me permitió ver como la muerte inmisericorde extinguía su presencia de esta tierra, llevándome a niveles indecibles de la innegable soledad y tristeza, sentimiento que nunca ha dejado de ser en mi propia vida, aunque puedo dar fe, de que aunque ya hace tiempo de su partida, el sentimiento ha ido creciendo y se ha ido constantemente renovando, llegando a entender la profundidad de mi existencia, en la misión y propósito de ella.

Madre  ¡Que Maravilloso Ser!  Por eso te bendigo y le doy infinitamente gracias a Dios por tenerte como Madre para siempre..


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